jueves, 18 de marzo de 2010

Ibrahima Dramé: "En la patera no piensas en el mar, solo en llegar o morir"

Este senegalés de 22 años que lleva tres en Zaragoza sin papeles y ahora sin trabajo, llegó a Tenerife después de tres durísimos intentos que cuenta en un relato premiado.

Ibrahima Dramé, senegalés de 22 años (tres de ellos en Zaragoza), ha ganado un premio de relatos del ayuntamiento que le reportará "cerca de 1.300 euros". En siete folios y auspiciado por La Red de Apoyo a Sin Papeles, resume las razones que le impulsaron a salir de su país en una patera, el interminable desplazamiento que emprendió en tres ocasiones sin éxito en las dos primeras, en las que invirtió diez infructuosos meses, y edulcora por educación su estancia en España, donde carece de trabajo y está expuesto a continuas detenciones policiales por carecer de documentación.


Titula Dramé su vivencia Clandestino fortuito aunque afortunado. Si la explica cara a cara, trufándola con la riqueza de los detalles y los gestos que el papel es incapaz de reproducir, su historia pertenece sin duda a la épica humana, a los héroes que salen a la calle extraña y extranjera en busca de un tesoro en forma de pan para hoy y, seguramente, hambre para mañana. Su conclusión final descifra todos los porqués del sufrimiento asumido, sintetizados en la desesperación y bordados por la falsa esperanza. "En la patera no miras el mar, no piensas nunca en él, solo en llegar o morir. Llegar o morir...". Lo repite con las manos entrecruzadas y la mirada buscando aún tierra firme.

Falso paraíso

El anzuelo que les lanza la vida y la muerte, terribles aliadas en el África subsahariana, para asumir ese hipotético viaje hacia el paraíso procede según Ibrahima de los medios de comunicación. "Ves en la televisión cómo es España, el nivel de los futbolistas, todo lo bonito que lo rodea, y piensas que tú puedes alcanzar esa felicidad". En Dakar, su ciudad natal, veía llegar a otros jóvenes procedentes de Europa con los bolsillos llenos mientras, como primogénito de su familia, ayudaba a su anciano padre en el campo y pagaba los estudios de sus hermanas. "Allí, por mucho que trabajes, te mueres pobre". En el 2005 decidió escuchar el primer canto de sirena procedente de Marruecos, de las mafias que organizan el combat, definición boxeística de raíz francesa que describe la dureza de la aventura y de la improbabilidad de que llegue a buen puerto por la falta de escrúpulos de los intermediarios.

Alcanzó Rabat el 6 de enero, donde le esperaba un apartamento con dos habitaciones "en las que estuvimos 30 personas". Le siguieron negando el oxígeno "porque camino de El Aaiun nos metieron a 16 pasajeros en un 4x4 con capacidad para seis, y a mí en el maletero. Me dije que era el fin". Casi lo fue. "El coche esquivó el control policial por otro camino pero, ya cerca de la costa, impactamos con un tractor. Íbamos con la luz de señalización para no llamar la atención y el conductor no lo vio". El chófer huyó despavorido y los heridos, algunos graves, "se desperdigaron por el bosque". Descubierto y detenido acabó en Argelia, de donde volvieron a expulsarle a punta de fusil a territorio marroquí... Insistió con una embarcación infame que el piloto no sabía manejar y terminó en la cárcel y enfermo. "Marruecos aceptó repatriar a los senegaleses", comenta Ibrahima, quien no se rindió pese a regresar frustrado a Dakar diez meses después. Un año más tardó en subirse a otra patera, esta vez desde Senegal, y tras nueve días casi a la deriva por el Atlántico la Cruz Roja española los rescató cerca de Tenerife. El combate, en realidad no había hecho más que comenzar para un muchacho que sorteó la muerte, pero que ahora tiene ante sí otro tipo de océanos más tormentosos.

Autor: Alfonso Hdez.

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